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Chuck Hagel y la verdadera amenaza para la seguridad nacional

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Dakota Wood | 03/03/2014

Senior Research Fellow for Defense Programs at The Heritage Foundation

Las nuevas medidas sobre el acoso sexual forman parte de una amplia ley de Defensa que destina 552.000 millones de dólares para el presupuesto ordinario del ejército y 80.000 millones para Afganistán y otras operaciones en el extranjero. EFE/Archivo

EFE/Archivo

Parece que el secretario de Defensa Chuck Hagel se ha convertido en el nuevo chivo expiatorio de Washington, atrayendo la ira de casi todos los que, de un modo u otro, pudieran tener algún interés en la seguridad nacional.

Apenas había completado su previsión del Presupuesto de Defensa para el ejercicio fiscal de 2015, cuando los críticos se le abalanzaron con una animosidad desmesurada. La mayoría ha argumentado que su recomendación de recortes de nuestras fuerzas armadas comprometerá de forma fatídica la seguridad de Estados Unidos, mientras que otros sienten que los recortes no eran lo suficientemente profundos dado que estamos ante el final de nuestras dos guerras más largas.

Algunos han indicado la falta de una estrategia de defensa que los acompañe (olvidándose aparentemente del Informe de Revisión de Gestión y Opciones Estratégicas (SCMR) y del Informe de Defensa Cuadrienal de 2014, que pronto verá la luz) que habría proporcionado un contexto para saber cómo se empleará una fuerza más pequeña para proteger nuestros intereses de seguridad. Francamente, aunque las distintas críticas tienen mérito dentro de sus particularidades, yerran de largo el tiro en lo que respecta a abordar la raíz del problema: la irresponsabilidad institucional tanto del Congreso como de la Casa Blanca en la flagrante mala administración de nuestras finanzas nacionales, con la consecuencia de que nuestro gobierno se encuentra al borde de no ser capaz de proporcionar seguridad a nuestra nación.

El secretario ofreció una valoración bastante descarnada, aunque cuidadosamente redactada, de los diversos retos a los que se enfrenta el Departamento de Defensa (DOD): un creciente nivel de incertidumbre en los asuntos mundiales, un agravamiento de las amenazas del entorno y el incremento de los niveles de riesgo que Estados Unidos tendrá que aceptar a medida que se reduzcan nuestras fuerzas armadas. Explícitamente indicó que “los súbitos recortes del gasto…impuestos al DOD” fueron tan severos que nos quedarían unas fuerzas “incapaces de cumplir con las misiones asignadas”, dando de hecho como resultado un Ejército que, por ejemplo, tendría la capacidad de afrontar solamente una única gran contingencia. A pesar de cualquier supuesta eficiencia que se ganaría mediante la consolidación, la reforma y la reducción, unas fuerzas más pequeñas y con menos recursos podrán afrontar menos tareas y tendrían dificultades para alcanzar el éxito en un mundo en el que “el predominio [militar] americano… ya no se podrá dar por hecho”.

Hagel habría servido mejor al país afirmando llanamente que los absurdos recortes acordados tanto por el Congreso como por la Casa Blanca han puesto a esta Nación en un riesgo inaceptable; el presupuesto que debería haber anunciado debería haber sido el que tenía de reserva, el que está totalmente constreñido por una financiación a nivel de embargo de fondos. Tal cual, su ilusorio presupuesto, basado en una financiación adicional que se tiene que negociar entre el Congreso y la Casa Blanca, probablemente transmitirá la falsa noción de que nuestras pronto renqueantes fuerzas armadas serán capaces de defender adecuadamente los intereses de seguridad de Estados Unidos.

Por desgracia, ni la administración ni el Congreso parecen tener interés en abordar el principal reto al que realmente se enfrenta nuestra Nación: el gasto deficitario sin control impulsado casi exclusivamente por unos programas públicos de derechos a beneficios a nivel nacional que están comprometiendo, de manera inexorable, la seguridad y la viabilidad a largo plazo de Estados Unidos.

Los miembros del Congreso ya han rechazado todas las recomendaciones hechas por Hagel para abordar la inminente implosión de nuestro poder militar a causa de una financiación constreñida por el embargo de fondos. Tomadas en conjunto, estas protestas impiden de manera colectiva cualquier cambio en el gasto de defensa, ¡incluso a pesar de que en principio fue el propio Congreso el que impuso dichas reducciones! ¿Nadie recuerda el impresionante fracaso del “supercomité” de 2011 o el hecho de que el presidente abogara por vetar cualquier iniciativa del Congreso para revocar sus absurdas medidas?

Ciertamente, se pueden encontrar varias formas de mejorar la eficacia de todo el Departamento, así como del Pentágono, que deberían extirpar de manera enérgica el despilfarro y las redundancias innecesarias de modo que se ejerza una administración más responsable de los recursos con los que Estados Unidos los provee. Pero también se deben financiar adecuadamente con el objetivo de proporcionar una defensa eficaz y apropiada para nuestro país, tal y como hemos tratado anteriormente en “Una defensa nacional fuerte” y “La medida de una superpotencia”, así como en el recién publicado Manual 2014 de Reforma de la Defensa.

En esencia, el presupuesto de Defensa propuesto, en realidad sirve de aguda crítica al despiadado desprecio que esta administración y gran parte del Congreso muestran hacia el bienestar a largo plazo del país. La realidad de la cuestión es esta: nuestros problemas financieros nacionales se derivan del insidioso Estado del Bienestar y de los derechos a beneficios que ambas instituciones han ayudado a crear, mantener y ampliar.

El núcleo de nuestro gasto reside en las cuentas de gasto no discrecional que ambos partidos políticos y ambos poderes del gobierno se muestran reacios a abordar. Como consecuencia de ello, la seguridad de nuestro país está siendo sacrificada para poder pagar el costo de la incapacidad, la intransigencia, la cortedad de miras y el fanfarroneo político de los poderes ejecutivo y legislativo. La administración Obama ha demostrado, con su propio presupuesto de defensa nacional, que se preocupa más de comprometer a los contribuyentes americanos con un endeudamiento cada vez mayor que de mantener seguro a nuestro país y protegidos nuestros intereses, al tiempo que el Congreso hace de cómplice absolutamente voluntario. Ciertamente, se necesita algo para poder imponer al Congreso la disciplina fiscal que parece incapaz de lograr por sí mismo.

Con independencia del método, su centro de atención debe estar puesto en corregir el verdadero problema de los derechos a beneficios en expansión y el descontrolado gasto deficitario, no en abrogar la única responsabilidad que el gobierno federal puede llevar a cabo.

La versión en inglés de este artículo está en Heritage.org. 
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